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miércoles 2 diciembre 2020
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Una historia de 25 de Mayo: Con sabor a… Sofía

Diciembre del año 2019. Domingo raro. La pequeña de la casa se sintió algo inquieta, molesta, por momentos desanimada. Larga noche con fiebre y malestar. Su padre notó al bañarla un bulto en el abdomen.

“Esta nena no tiene nada bueno, con esto vayan al Hospital, pidan una internación y no se queden, que la trasladen”, fueron las  palabras que retumbaron en los oídos, en el alma, en el cuerpo y en el corazón de los que estaban en aquel consultorio.

Segundos después, tocaron el timbre en la guardia del Hospital Jorge Ahuad de la localidad pampeana de 25 de Mayo. Madre y  abuela llevan papel en mano con las correspondientes indicaciones, aún ensordecidas por aquellas palabras pidieron auxilio, pero nadie las escuchaba, nadie tomaba enserio las líneas escritas en esa nota. Dicen, a veces, que de los errores se aprende, y aquella abuela tomó las riendas de la situación. Solicitó firmemente por un traslado, no cometió el mismo error que con su hijo 30 años atrás, esta vez no, era su nieta la que estaba en esa sala de espera. Una madre desesperada. Un padre que esa mañana salió a cumplir su labor preocupado. Después de muchas palabras cruzadas lograron el tan ansiado traslado: “General Acha”, dijeron.

Allí el personal analizó la situación pero no tenían herramientas, el caso era complejo. “La vamos a mandar a Santa Rosa”, indicó una médica que la recibió. Hospital Lucio Molas, eminencia en salud de la capital pampeana, y el mejor lugar de atención para pediatría. Sí, pediatría.

SOFÍA

Sofía apenas cumplía un año hacía un mes. Horas de muchos estudios, mucha incertidumbre en el resto de la familia que estaba expectante. Siendo casi la media noche de ese aterrador lunes, una vez más, las palabras que nadie quiere escuchar: “Tiene un tumor, al parecer nada bueno, la vamos a derivar al Hospital de pediatría Garrahan”. Eso fue un balde de agua fría. Pero ahí estaba Sofía con una sonrisa radiante, sin entender que pasaba, pero a la vez entendiendo todo. Nada la iba a detener.

Bautizada por recomendación médica, aquel martes 18:00 horas partían madre e hija en aquella ambulancia, un viaje interminable, agotador. Pichincha 1890, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sí, de los buenos aires.

Sería una batalla inmensa, pero los movía esa sonrisa, la sonrisa de la pequeña Sofía.

LA MITAD DE SU VIDA

Un área de 121 mil metros cuadrados, algo que jamás vieron era su ring de batalla. Pasillos largos, grandes ventanales, padres ceñidos en tristeza, entre psicólogos, laboratorios, radiografías y oncólogos, así fueron aquellos meses. Pero siempre con Sofía y su sonrisa.

Neuroblastoma retroperitoneal fue su diagnóstico. El abdomen albergaba un tumor maligno que también afectaba médula ósea y huesos. Cinco ciclos de quimioterapias. Ella, su padre y su tío lucieron un nuevo look. Navidad y año nuevo llegarían en aquel lugar que llaman  CAIPHO (Centro de Atención Integral del Paciente Hemato-Oncológico) y allí siguió Sofía, mostrando los dientes. Aferrada a la vida.

Lograron reducir el tumor y encapsularlo para extraerlo. Pero no terminaría allí. Aún quedaban células malignas en el organismo, por lo que catorce sesiones de radioterapia eran el ante último paso, para poder llevar a cabo el autotransplante de células madres y regenerar una nueva médula que daba fin al tratamiento.

La ciudad de la furia que describe la canción de Soda Stereo era el mejor cobijo para la vida de la pequeña. Y cuando todo parecía viento en popa con aquel autotransplante tres virus respiratorios atacaron severamente. Sin defensas, aquel pequeño cuerpo, demostró que seguía dando pelea. La acompañó una cama de terapia intensiva por 46 largos días. Su sonrisa apagada y su cuerpo hinchado. Ya no se movía inquieta en esa pequeña cuna de  vidrio. Sus padres ya no podían velar su sueño. La rodearon cuatro bombas y un respirador. Pulmones al borde de un colapso, “solo un milagro puede salvarla” repetían  los familiares.

EL MILAGRO

Aquel 11 de Julio su padre expresaba en redes: “Gracias Dios, por permitir que estos momentos vuelvan…” acompañado de una postal con la sonrisa inmensa una vez más de su luchadora. Tuvo que volver a hablar y caminar. En ese cuerpo tan pequeño, había fuerzas de sobra. Como si el universo alineara los planetas nuevamente, Sofía regresó a su casa. Todo era alegría aquel 7 de Diciembre del 2019.  25 de Mayo se vistió de fiesta, con pancartas, carteles, amigos y hermanos  la recibieron en la entrada a metros del cristo redentor. La guerrera volvía con varias victorias. Fue la musa que inspiró a Lucas Arrúa, un joven  de la localidad, quien le escribió una canción.

Sofía, ahora, esperando cumplir tres añitos en noviembre.

LA PANDEMIA

“Todo venía bien, los controles correspondientes y de pronto la pandemia” expresó Anyelén, madre de ese ser tan admirable, lleno de luz y picardía. Sofía Jazmín Azzaro, gigante chiquita, morocha, ojos como dos caramelitos media hora, cabello negro. Pasó  solo 3 meses en libertad. Hoy el coronavirus y la irresponsabilidad de un médico que acudió a un consultorio de la localidad con un hisopado positivo a Covid-19 la mantuvieron en aislamiento social y preventivo. Su padre no tiene trabajo, lo despidieron injustificadamente cuando luchaba la batalla más grande por la vida de su niña. Viven al día, como más de un centenar de familias a nivel mundial. Hoy no puede concurrir a realizarse sus controles periódicamente. Para cuando todo esto pase, quizás su fase II de inmunoterapia  para pacientes pediátricos con neuroblastomas ya ni siquiera pueda hacerse. Solo queda esperar la tan ansiada vacuna contra este virus mortal que acecha al mundo ¿Estará cerca? Dios quiera que sí.

Otra vez, suena la canción de los españoles Sara y Enrique: Con sabor a… Sofía.

Por Dai Azzaro / Estudiante Lic. en Comunicación Social UNLPam en Territorio para Infohuella.

Fuente Infohuella.

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