• 01/08/2026 13:49

Cristian “El Chavo” Bailo: una vida donde correr es mucho más que un deporte

Ago 1, 2026 , ,

Hay personas que encuentran en el deporte una pasión. Otras, una forma de vida. Para Cristian «El Chavo» Bailo, el atletismo fue ambas cosas: el camino para transformar su historia, superar dificultades personales y tender una mano a quienes más lo necesitan.

Su apodo nació cuando era chico. «Siempre andaba con pantalones cortos, fuera invierno o verano, y así quedó ‘El Chavo'», cuenta entre risas. Pero detrás de ese sobrenombre hay una historia de esfuerzo, perseverancia y compromiso con la comunidad.

Aunque desde niño disfrutaba correr, saltar y participar en los intercolegiales, nunca imaginó que el atletismo sería el eje de su vida. En aquellos años competía en los 80 metros llanos y en salto en largo, pero luego el fútbol ocupó gran parte de su juventud. El verdadero encuentro con el atletismo llegó de grande, casi por casualidad.

Mientras trabajaba en un supermercado, comenzó caminando los seis kilómetros que separaban su casa del trabajo porque tenía sobrepeso. Con el tiempo alternó caminata y trote, hasta que un día decidió correr todo el trayecto. Desde entonces nunca más dejó de hacerlo.

«Me encantó y no paré más», resume.

Para Bailo, el atletismo no empieza en una pista ni termina con una medalla. Sostiene que todos los niños nacen siendo atletas: cuando corren, trepan un árbol, andan en bicicleta, saltan un tapial o simplemente juegan. «Eso también es atletismo. Es movimiento, es desarrollo natural del cuerpo», explica.

Por eso insiste en la importancia de que los chicos recuperen el juego y la actividad física, especialmente después del impacto que tuvo el sedentarismo durante la pandemia.

Su visión también rompe con la idea de que el deporte solo tiene sentido si hay competencia.

«La competencia no es solamente ganarle a otro. Competir es levantarse cada mañana y enfrentar la vida. Todos competimos todos los días», afirma.

Un diagnóstico que le cambió la vida

Uno de los momentos más profundos de su historia llegó a los 45 años, cuando una psicóloga le diagnosticó Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

Hasta entonces había convivido durante décadas con la sensación de ser «el problema». En la escuela sufrió bullying, le costaba permanecer quieto y muchas veces fue incomprendido por docentes y compañeros.

«Cuando supe que tenía TDAH pude sanar muchas cosas de mi infancia. Entendí que no era un problema, sino una condición que nadie había detectado», relata.

Ese diagnóstico le permitió comprender muchas situaciones vividas y transformar esa experiencia en una herramienta para acompañar a otras personas.

El deporte como inclusión

Su trabajo trasciende el entrenamiento deportivo. A lo largo de los años acompañó a chicos con autismo, síndrome de Asperger, síndrome de Down, discapacidad visual y otras condiciones.

Uno de los vínculos que más lo marcó fue con Isabela, una joven con parálisis cerebral junto a quien desarrolló experiencias de atletismo asistido. Juntos participaron en competencias nacionales y completaron desafíos tan exigentes como una maratón de 42 kilómetros.

Para Bailo, el primer paso no fue entrenar, sino generar confianza.

«Primero tenía que entender cómo era ella, qué le gustaba, qué la hacía feliz. Había que transformarnos en un solo equipo.»

Considera que cualquier persona puede practicar atletismo y que el deporte es una poderosa herramienta para mejorar la salud física, emocional y mental.

También con los adultos mayores

Su compromiso social también llegó a los geriátricos, donde desarrolló actividades recreativas y motrices con adultos mayores.

A través de juegos, ejercicios simples, trabajos de memoria y actividades grupales buscó que los abuelos recuperaran movimiento, alegría y espacios de encuentro.

«Los abuelos son como los chicos. Necesitan jugar, sentirse acompañados y seguir ejercitando el cuerpo y la cabeza.»

Además, sostiene que escuchar sus historias es una forma de aprender de quienes ya recorrieron gran parte del camino.

Una pista nacida de una idea

En el barrio Procrear impulsó la creación de una pista de tierra para entrenamiento en un espacio verde que antes era un baldío.

El objetivo fue simple: ofrecer un lugar abierto donde cualquier vecino pudiera caminar, trotar, andar en bicicleta o iniciarse en el atletismo sin miedo ni barreras.

Con el esfuerzo de familias y colaboradores lograron mantener el lugar, incorporar un baño químico y seguir mejorándolo para que cada vez más personas puedan utilizarlo.

Actualmente entrena allí de lunes a viernes, acompañando tanto a chicos que recién comienzan como a atletas que ya compiten a nivel nacional.

Una mirada sobre la educación y la familia

Bailo reconoce que una de las mayores dificultades muchas veces no está en los chicos sino en los adultos.

Considera que algunos padres trasladan sus propias frustraciones a sus hijos y les quitan aquello que más disfrutan cuando tienen un mal desempeño escolar.

«No hay que sacarles el deporte como castigo. El deporte enseña disciplina, esfuerzo, respeto y también a perder.»

Padre de tres hijos, asegura que nunca los obligó a seguir un camino determinado.

«Hay que dejar que los chicos vivan su infancia y descubran lo que realmente les gusta.»

Un mensaje para toda la sociedad

Más allá del atletismo, Cristian Bailo deja un mensaje que atraviesa toda su historia: la necesidad de construir una sociedad más empática.

Cree que las diferencias políticas o ideológicas no deberían separar a las personas y que el verdadero desafío es trabajar juntos por objetivos comunes.

«No importa si uno piensa distinto. Somos seres humanos y tenemos que ayudarnos entre todos.»

Como ejemplo recuerda a la Selección Argentina campeona del mundo, que para él dejó una enseñanza mucho más profunda que un título deportivo: levantarse después de cada caída y entender que los grandes logros necesitan tiempo, trabajo y perseverancia.

Porque, al final, esa parece ser también la filosofía de vida del «Chavo»: correr no para llegar primero, sino para demostrar que siempre vale la pena seguir adelante.